martes, 14 de mayo de 2013

Cuando tu mundo se desmorona


Llegó un punto en mi vida en el que descubrí que no todo aquello en lo que creía era tal y cómo había pensado.
Había un grado de mentira; una pizca de autoengaño. A fuerza de empatía y lógica, quise responder preguntas a las que o no se me respondía o estaba segura de la escasa veracidad que generaban. Los actos mostraban algo, las explicaciones otra versión... Y el miedo vino a pasearse por mi vida. Miedo a descubrir, a estar equivocándome, a no saber rectificar a tiempo...
¿Hasta qué punto había creído sólo por considerar que cuando quieres, la mejor forma es confiando? ¿Hasta qué punto había creído porque era menos doloroso que dudar, que desconfiar? Divagué. Busqué la verdad. La quería, la necesitaba. Aunque fuese ésta fea, vieja o estuviese lejos de mí. Analicé mis pensamientos; los recuerdos, palabras y gestos de los demás.
Imagen cedida por idea go
y Freedigitalphotos.net



En mi búsqueda descubrí que lo que es atesorado por la memoria no permanece inalterable, por lo que rebuscar en mi banco de recuerdos resultaba un tanto quimérico, contraproducente, pretencioso, incluso. Así que consideré que, de entonces en adelante, llevaría a cabo una reflexión continua, leve, como quien quita el polvo a un recuerdo nuevo para que se vea mejor. Recapitularía, jugaría a “qué hubiese pasado sí”, como quien lee un pasa-páginas eligiendo opciones distintas. Para aprovechar y aprender. Y continuaría adelante, sin entretenerme en aquello en lo que no cabía revisión: el pasado, dedicándome a aquello que sí podía mejorar o valorar con más acierto: el presente. Esbozaría el viaje hacia el futuro hacia dónde quisiera ir, cómo trasladarme, qué necesitaría para llegar allí, qué resultaría fantástico poseer una vez en mi destino.
Decidí entonces averiguar algo que se me antojó más relevante: ¿porqué, para qué quería saber la verdad? Para poder sentir que había tenido sentido, que no todo había sido mentira, que había un resquicio de luz.
En mi mente, para ser válido, disfrutado, algo debía ser auténtico. Súbitamente, no sabía cómo sentirme. Me pregunté qué había sido de mi vida, si podría volver a confiar en alguien, si podría volver a confiar, lo que es mucho peor, en mí. En mi criterio.
El tiempo mostró que no es tan importante la etiqueta que pueda pegarle como lo que he vivido. Estuve sumida en una situación en la que creí cosas inciertas, pero lo que sí existía y sentí como verdadero, fue aquello vivido por mí. Todo aquello fue auténtico en mi mundo porque lo palpé de algún modo. Puede que estuviese cimentado en mentiras y, al ser éstas descubiertas, se tambaleara y derrumbara, mas no por eso dejó de existir. Y sólo por haberme aportado ese hálito de quien se siente libre y a gusto, valió la pena. Aunque después se desdibujase, doliese, rasgase.
No tuve ganas de lamentarme por mí: no sentí tristeza por haber sentido, creído, confiado. Yo viví mi realidad. Fui sincera con mis sentimientos. Pensé entonces que no debía atesorar ni resentimiento ni rabia por o contra quien no lo fue, por aquello que no existió en su corazón, sino misericordia. Y no hablo de religiosidad, sino de paz. Me explicaré: mientras yo había conseguido sentirme feliz, aunque no fuese mi claridad correspondida, aquella persona (por mí o a pesar de mí) se había visto obligada a mentir, a fingir, a recordar mentira tras mentira para no meter la pata. Con intranquilidad, con incertidumbre, con miedo a que se rompiera todo de forma que no hubiese una forma de recomponerlo ni con la mejor de las artes.
Fue esa misericordia, ese valorar mi verdad interna por fin en vez de pretender la externa, lo que me liberó. Y me llevó a la siguiente pregunta: ¿y ahora qué?
Cuando tu mundo se desmorona, teniendo en cuenta que tus recuerdos pueden ser falseados, que puedes estar restándole importancia a aquello que te define como ser especial, teniendo en cuenta que puedes estar escuchando internamente palabras o pensamientos que jamás deberías haber dado por buenos... cuando tu mundo se desmorona, lo primero, pienso, es cuestionar ese desmorone. ¿Ves a tu alrededor paredes cayéndose, suelos hundiéndose, gente gritando y corriendo a ponerse a salvo? ¿Realmente no hay forma de que tu mundo se salve, de reconstruirlo, de buscar otro mundo mejor? ¿Realmente te hacía feliz aquello que sientes que se está desmoronando?
Y si, por algún motivo, te resulta doloroso mirar hacia el futuro, como si éste fuese un abismo al que caer sin protección alguna, agárrate a aquello que te hacía feliz últimamente, en tus primeros años. Cuando tú eras tú por encima de todo. ¿Qué te llenaba en aquella época? ¿Con qué soñabas? Rescátalo, sácale brillo y permite que te saque a soñar. Y construye, conviértete en el arquitecto de tu nuevo mundo. Incluye en él sólo aquello que quieras que tenga cabida. Desmitifica tus miedos, deshazte de tu lastre y, simplemente, vive.
Y tú, cuéntame ¿crees que, realmente, es tan malo aquello que suelen llamar “tocar fondo”? ¿Crees en la fortaleza de la mente, su sabiduría natural, su capacidad de regeneración? ¿Crees que es posible reinventarse a uno mismo?